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III TORNEO NACIONAL DE RUGBY PENITENCIARIO

El sábado 30 de mayo, el Estadio Nacional Complutense fue testigo de la celebración del Torneo Nacional de Rugby Penitenciario, que suma ya 3 ediciones. Los 10 equipos que allí se dieron cita, tienen un denominador común: usar el rugby como vehículo de reinserción social. El oval es el medio, la reincorporación es el fin.

En Cáritas Valladolid, llevamos desde 2019 desarrollando el proyecto “In contraria ducet” con el Club de Rugby El Salvador. Un proyecto que nace para dar nuevas oportunidades, a través de lo que nos enseña el rugby, a internas e internos del Centro Penitenciario de Villanubla (Valladolid).

El torneo, que reúne a equipos femeninos y masculinos, se juega en modalidad “seven”. Se trata de una variante del tradicional XV, en el que compiten 7 personas de cada equipo. El campo es el mismo y las reglas también, salvo alguna pequeña variación. Se trata de la modalidad más exigente que existe, por combinar el contacto con las altísimas demandas físicas. Es el medio perfecto para entrenar otra forma de estar el mundo.

El rugby es un deporte de equipo, en la más estricta de las acepciones. En este deporte las individualidades no bastan para ganar un partido. Todo el equipo defiende y todo el equipo ataca. Si no, es imposible ganar. Y esa es la primera lección de vida. El bien común está por encima del individual. En la modalidad seven es muy fácil cometer errores. Todos nos equivocamos, fallamos un pase, un placaje.

Lo importante no es no fallar, es seguir, a pesar del fallo, aprender de él y apoyar al compañero/a. Los fallos existen, la confianza está en que cuando ocurran, alguien estará ahí para echarnos una mano. Esta modalidad es muy rápida, pasan muchas cosas y no hay tiempo para lamentarse. Esta modalidad requiere mucho esfuerzo y compromiso. Dar el 100 por 100 en cada jugada. Los partidos duran muy poco tiempo y los errores se pagan caros.

Poder competir en esta modalidad exige mucho trabajo previo. Mucha disciplina. Los días de lluvia, de frío, los días en los que la tristeza gana a la motivación. Y sin embargo ahí está la persona, sin fallar al entrenamiento, ni a su compromiso con el equipo. En esos días se cimentan las victorias y un nuevo carácter.

El rugby enseña que las cosas que merecen la pena rara vez son las más fáciles. Este deporte se construye en torno a un valor clave, el respeto. Es un deporte extremadamente intenso, donde las emociones, la adrenalina, están a flor de piel. Y eso lo convierte en el escenario perfecto donde entrenar nuevas habilidades. Donde entender que el contacto físico no se responde con violencia, donde aprender a usar la agresividad de una manera proporcionada, medida y controlada, donde trabajar la frustración, la rabia, el miedo… de forma mucho más adaptativas.

Pero sobre todo, el rugby nos permite enseñar a las internas y los internos que fuerza no consiste en no caer, sino en levantarse. Que pedir ayuda no te hace débil. Que todos necesitamos a alguien a nuestro lado. Y que siempre hay motivos para seguir avanzando. Porque el rugby no trata solo de ganar partidos. Trata de descubrir de lo que eres capaz cuando alguien cree en ti, cuando formas parte de un equipo y cuando decides seguir adelante incluso en los días más complicados. Y esa es una lección que sirve dentro y fuera del campo.

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